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Editorial de L’Hora: El círculo vicioso
Publicado por Raimon Obiols | 8 Mayo, 2013

Los gobiernos de Madrid y Barcelona repiten, un día sí y otro también, los mismos clichés. De hecho abusan tanto, que antes de leer los discursos y declaraciones de unos y otros ya conocemos el contenido. Sabemos que van a decir antes de que abran la boca.
Esta rutina persistente responde a las posiciones defensivas de los dos gobiernos: subsistir, ganar tiempo como sea… Esto lleva a la parálisis de la que hablaba Joan Subirats en un artículo reciente: “Es sorprendente la falta de respuestas institucionales a la tremenda situación que atravesamos. Todo parece hundirse, y los mensajes oficiales muestran a una élite paralizada. Un conjunto de dirigentes, tanto en la Generalitat como la Administración General del Estado (…) recorren de manera reactiva y defensiva a viejas fórmulas o, peor aún, se refugian en tics autoritarios o salidas estrictamente ideológicas.”
Entretanto, prosigue una gravísima crisis económica, social, política y moral. Probablemente estamos situados, de hecho, en el primer capítulo de una crisis de sistema y, como suele suceder en estas circunstancias, se producen en la sociedad unos fenómenos aparentemente contradictorios. Por un lado, se instauran reflejos conservadores, de miedo al futuro, y por otro, se abren previsiones y expectativas que tienden a perder el contacto con la realidad.
Después del 11-S de 2012, la hipótesis de la independencia se situó en primer plano en Cataluña. Fue alentada a conveniencia por el gobierno de CiU, con todos los medios a su disposición (“La Vanguardia” incluida). Un Estado catalán, nos dijo, era no sólo un objetivo plausible sino perfectamente al alcance; bastaría con seguir el camino trazado por el Presidente-Mesías. Después, la Unión Europea acogería el nuevo Estado con los brazos abiertos y, a continuación, se produciría en Cataluña el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.
Las elecciones del 25-N, y loque ha sucedido después, han mostrado que las cosas eran mucho más complicadas. La coalición gobernante en Cataluña no ha podido ocultar las dudas y divergencias que le provoca el hecho de encontrarse aculada en el callejón sin salida en que ella misma se ha metido. Ahora duda visiblemente entre hacer una huida hacia delante, hacia una confrontación arriesgada, o bien hacer un viraje moderado (sin tener tampoco, en este terreno, unos objetivos mínimamente claros).
El camino independentista topa con obstáculos que aparecen insuperables, en España y en Europa. “El clamor independentista catalán provoca inquietud en Europa como ha reconocido el propio presidente de la Generalitat”, ha escrito Jordi Barbeta, “porque plantea una cuestión de soberanía en un momento en que la soberanía o, mejor dicho, las soberanías nacionales, son el gran obstáculo para resolver la crisis y normalizar definitivamente la Unión Europea como ente depositario de legitimidad política“. El camino más moderado y posibilista tampoco tiene un trazado concreto, aunque cada vez se alzan más voces reclamando-lo en los sectores económicos y sociales que tradicionalmente apoyaban a CiU, y también dentro de la propia coalición.
En este momento, ninguna de estas dos opciones tiene unos objetivos realizables. La primera (la huida adelante hacia una eventual proclamación unilateral de independencia) sería, como ha escrito Enric Company, “para cualquier observador que mantenga fría la cabeza”, “una aventura abocada a un fracaso perfectamente previsible”. En cuanto a la segunda, ni es clara la agenda ni hay ninguna perspectiva de una negociación significativa entre los dos gobiernos, que mantienen una relación cada vez más deteriorada y opaca, con escasas reuniones secretas. La consecuencia es la parálisis de la situación, precariamente compensada por la gesticulación retórica y la propaganda.
Todo esto se produce en un contexto en el que, en España, las consecuencias sociales y políticas de la crisis, la propia acción del gobierno del PP y la multiplicación escalofriante de los casos de corrupción, han ido creando una situación objetivamente desastrosa. No es exagerado afirmar que se han erosionado sustancialmente los fundamentos básicos de la cohesión social y de la confianza ciudadana en las instituciones. Se ha creado un estado de crispación creciente de las opiniones públicas, y en Cataluña plana en el ambiente la perspectiva no sólo de una gran frustración colectiva, sino señales de una incipiente división interior. Los silbidos al presidente Mas en el Trofeo Godó ya la Feria de Abril no son anécdotas.
En esta situación estamos. Los dos gobiernos aparecen paralizados, instalados en las habituales recriminaciones recíprocas, las denuncias y quejas repetidas; reiterando los mismos estereotipos, las mismas expresiones hechas, las mismas fórmulas genéricas. Incluso los mismos silencios, matices y sobreentendidos. Otro día, año empuja, pensarán… Pero las consecuencias actuales y futuras de esta situación son muy peligrosas.
Ultra la parálisis, los gobiernos de Barcelona y Madrid tienen otras cosas en común: comparten unas mismas políticas de desmantelamiento del Estado del bienestar; están afectados por casos gravísimos de corrupción, y se han ido instalando en unas estrategias sin salida, de las que temen, con razón, acabar siendo víctimas. Por eso creen que las tácticas de confrontación les pueden proporcionar excusas, camuflajes para tapar la realidad y vías de escape y supervivencia.
El grave problema es que las tácticas y gesticulaciones de unos y otros, en vez de abrir perspectivas y dirigir soluciones, las van haciendo cada vez más difíciles. Generan un círculo vicioso casi perfecto.
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