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Todos inocentes
Publicado por Raimon Obiols | 19 Agosto, 2012

Cuando leí en el diario que Esperanza Aguirre había calificado de “aquelarre de carcamal Resentidos” una reunión de familiares de fusilados por Franco y de ex presos de la dictadura en apoyo a Garzón, entonces juez y luego expulsado de la carrera judicial, acusado de prevaricación y de investigar los crímenes del franquismo durante y después de la guerra civil, sentí el vértigo de un repentino flash back que me llevaba a la Cárcel Modelo de Barcelona, ??a mediados de los años sesenta del siglo pasado, donde leí, pintada en la pared de la biblioteca, una memorable consigna dirigida a los presos: “Ha aguzado tú lengua el despecho ¡Cállate!”.
No me gustan los recuerdos difuminados y este ciertamente no lo es, en absoluto. Pero debo decir que tengo dudas sobre un detalle. Se leía“aguzado”? O era “azuzado”? O “afilado”? No puedo recordar con exactitud, pero la frase era aquella y el sentido y la mala baba no cambian en estas tres posibles variantes de la consigna mural que, por otra parte, mostraba de manera involuntaria el tipo de poder que ordenó pintarla, retratando su resentimiento ante la lengua de los presos, más viva, más aguda y más afilada que la de los carceleros.
Vistos los tiempos que corren, me veo en la necesidad de precisar que yo estaba en la Modelo por actividades contra la dictadura de Franco. Conversando con los que entonces eran denominados presos comunes, para distinguirlos de los presos políticos (una distinción que en nuestro país ha tendido a desaparecer), hice un descubrimiento sensacional.
Constaté con sorpresa que ninguno de los reclusos era culpable. No sólo todos los presos comunes con los que hablaba eran inocentes, es que todos, sin excepción, eran víctimas de injusticias, confusiones o campañas interesadas de sus enemigos. No sólo la culpa no era suya, es que era de los otros. A uno le habían condenado por error, acusado de un delito que juraba que no había cometido, el otro era objeto del odio obsesivo de unos policías que habían perseguido durante años y lo habían hecho aprisionar injustamente, un tercero en realidad no había robado nunca en beneficio propio sino que había requisado dinero al servicio de una causa altruista. Y así sucesivamente.
Sólo un pobre chico que me afeitaba en la barbería me confesó que había estrellado una botella en la cabeza de su padre porque éste volvía a casa borracho, cada noche, y golpeaba la madre. Lo abracé. Era el inocente verdadero; quizás el único inocente de la cárcel.
Me han vuelto estos recuerdos leyendo la prensa de los últimos tiempos.”Calumnias”, “caza del hombre”, “manipulación política”, “procesos estalinistas”, exclamaban hace pocos meses en Francia desde el entorno del entonces presidente Sarkozy, en plena galerna por el asunto Liliane Bettencourt. Un ex contable de esta señora, que es la propietaria de L’Oréal y dicen que la primera fortuna de su país, declaró, entre otras cosas, que en el año 2007 había entregado ilegalmente 150.000 euros, de los cuales 100.000 eran suizos (supongo que ven el matiz), para la campaña presidencial de Sarkozy. Una miseria, el chocolate del loro, una cantidad sin importancia, dijeron los unos, la punta del iceberg, acusaron otros. Yo no lo sé. Pero aquel testigo suministraba una cifra y un hecho concreto y verificable, cosa que se agradece, porque una información precisa, en temas tan oscuros y opacos como estos, la precisión es siempre una excepción, casi un milagro. ”Es insoportable”, dijo al conocer la noticia el entonces ministro Eric Woerth, tesorero del partido de Sarkozy y de su campaña presidencial. ”Me dan ganas de estrangular a alguien”, dijo otro ministro de Sarkozy. Veremos en qué acaba el asunto, si se estira la cuerda hasta el final. Pero, vista la experiencia, el escepticismo es probablemente la actitud más razonable.
Ahora: si casi todos los convictos y condenados dicen no sólo que son inocentes, sino que son víctimas injustamente perseguidas, no nos debe sorprender que los incriminados o imputados no se limiten a exigir la presunción de inocencia, lo que les debemos, sino que carguen las culpas a los demás, e incluso traten de obtener algún beneficio. Deben pensar que todo se aprovecha, que la mejor defensa es un buen ataque, y que lo peor que podrían hacer sería empezar a dar explicaciones, porque significaría admitir una responsabilidad que no se piensa asumir de ninguna de las maneras.
Podríamos mencionar casos similares que tenemos más cerca. En todos y cada uno de los escándalos de corrupción que va apareciendo en la prensa, como una lluvia abrumadora, los incriminados se declaran sistemáticamente víctimas de equívocos, injusticias, confusiones y campañas interesadas e innobles de sus enemigos. Lo leemos día tras día en los periódicos: “esto es un insulto a la inteligencia”, “me siento ultrajado, difamado y vejado”, “lo que es legal es moralmente correcto”, “esto es un fraude de ley”, “es una campaña contra el país”,” todo es un montaje”,”se trata de una maniobra política”.
Es la mejor defensa? En todo caso la practican sistemáticamente. Sólo con unas pocas excepciones contadas. Algunos, siguiendo los consejos de sus abogados, optan por admitir alguna culpa, como mal menor para evitar problemas mayores. Hay otros que optan por el silencio. Uno de los saqueadores del Palau de la Música ha combinado los dos métodos. Confesó algunos pecados al juez y optó por callar ante la comisión del Parlamento. Después se fuma un cigarrillo. Quizá pensaba que le convenía más.
Raimon Obiols
03/08/12
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