« Esponsorizaciones | Inicio | Xinacittà »
El discurso de Raúl Castro
Publicado por Raimon Obiols | 28 Julio, 2007

Fue inmediatamente después de la conmemoración del 26 de julio del año pasado cuando Castro fue sometido a una serie de intervenciones quirúrgicas en el intestino y «delegó» poderes. Entonces se dispararon las expectativas y las especulaciones. ¿Empezaría una «transición», se produciría una «sucesión»? En Miami se hicieron celebraciones anticipadas, pero acabaron pronto. ¿Tal vez, simplemente, se asistiría a una simple «continuación» de la situación cubana? Todas las previsiones se hacían, si no totalmente a ciegas, al menos con un altísimo nivel de incertidumbre.
Un año después, los interrogantes siguen abiertos, y ha aumentado la cautela de los comentarios. En la ceremonia del 26 de julio de este año, por primera vez en 48 años, no estaba Fidel. El parlamento lo ha hecho Raúl Castro: una hora de lectura, en tono firme y mesurado, sin apartarse ni un instante del texto escrito del discurso (bastante más breve que las torrenciales intervenciones de su hermano). Las crónicas de la prensa internacional han sido tan cautelosas como el propio discurso y se han dedicado simplemente a resumir la intervención del dirigente interino. Casi nadie osa especular. De hecho, el desconocimiento de aquello que sucede en el mundo cerrado del poder cubano es muy grande. Fidel se ha recuperado un poco, dicen, pero se mantiene aparentemente alejado del poder directo, y se dedica a escribir sus «reflexiones» semanales en el diario Granma. Sólo dos cosas se pueden dar por establecidas, a lo largo de este último año, en lo que muy pocas cosas parecen haber cambiado: ni se han producido revueltas, ni han aparecido síntomas de divergencias internas en el poder.
En la ceremonia de Camagüey, Raúl Castro ha hablado sobre todo de las dificultades económicas y sociales del país (que son dramáticas), ha fustigado la corrupción, ha reclamado disciplina en el trabajo, ha propuesto reformas encaminadas a aumentar la producción de alimentos y a abrirse a las inversiones extranjeras, «sin repetir los errores del pasado».
Las valoraciones de los opositores no son coincidentes. Algunos dicen que en el discurso no hay nada de nuevo. Otros han interpretado el texto de Raúl Castro como una señal «reformadora», atemperado todavía por la presencia dominante de Fidel. Éste – es sabido – no ha sido nunca favorable a las reformas económicas, que sólo de una manera forzada tuvo que aceptar en los momentos peores del «período especial». Manuel Cuesta Morúa, un líder de la oposición socialdemócrata, dice que si no se han producido cambios más drásticos es porque «Fidel sigue gobernando». Marifeli Pérez Stable ha recordado la frase de Castro después de visitar China y Vietnam, en 1995: «China abrió la puerta de par en par, Vietnam abrió una ventana. Aquí ni una rendija».
Raúl Castro estaría tratando, según estas interpretaciones, de abrir cautelosamente una rendija. En una sociedad con terribles problemas cotidianos, después de 16 años de «período especial», de falta de alimentación, de salarios bajísimos (10-20 dólares en el mes), de un racionamiento insuficiente que cubre apenas dos semanas, con corrupción, absentismo y desigualdades en aumento, las reformas parecen absolutamente urgentes e imprescindibles. Sin embargo, admitiendo que Raúl Castro las quiera realizar, no parecen posibles sin el beneplácito de su hermano, y tampoco claro está que pudieran verificarse sin generar problemas sociales y políticos ulteriores, que ni un dirigente interino septuagenario ni una eventual «dirección colegiada» parecen en medida afrontar.
¿Quién puede hacer, en estas circunstancias, un pronóstico? En todo caso, las medidas encaminadas a aligerar la penuria de los cubanos son necesarias, y pueden ser un factor positivo también en el terreno político, para evitar el riesgo de la confrontación caótica y de las injerencias.
Categorias: América Latina, General | Sin Comentarios »