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    Las izquierdas, después de 2011

    Publicado por Raimon Obiols | 23 Febrero, 2012


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    En una situación de graves crisis, Immanuel Wallerstein ha publicado un artículo sugestivo sobre el estado de las izquierdas en el mundo (“La izquierda mundial después del 2011″, en inglés). Cree que el 2011 ha sido un buen año para las mismas. ”La razón básica”, escribe, “se encuentra en las condiciones económicas negativas que afectan a la mayor parte del mundo”: el paro creciente, los gobiernos que hacen frente a los altos niveles de endeudamiento con respuestas que “tratan de imponer medidas de austeridad a sus poblaciones mientras que, al mismo tiempo, tratan de proteger sus bancos”. La consecuencia ha sido una revuelta mundial de lo que los movimientos como Occupy Wall Street (OWS) llaman “el 99%”.

    “No es que el Occupy Wall Street, la” Primavera árabe “o los” indignados” hayan conseguido sus objetivos”, indica Wallerstein, pero si que han conseguido cambiar el discurso dominante, “que ha pasado de los tópicos ideológicos del neoliberalismo a temas como la desigualdad, la injusticia o la descolonización. Por primera vez en mucho tiempo, la gente de la calle discute sobre la naturaleza del sistema en el que viven”.

    La cuestión que en esta situación se plantea a las izquierdas es cómo trasladar este éxito inicial en el terreno de discurso al terreno de una transformación política. ”El problema”, escribe Wallerstein, “se puede plantear sencillamente: si bien en términos económicos existe una clara y creciente separación entre un grupo muy pequeño (el 1%) y uno muy grande (el 99%), de esto no se deriva una separación política”. Para que esto fuera posible sería necesaria una unidad política de las izquierdas que no existe. Hay profundos desacuerdos, tanto sobre los objetivos a largo plazo como sobre las tácticas a corto plazo. ”No es que estas diferencias no sean discutidas”, dice Wallerstein, “sino que no se progresa para superar las divisiones”.

    Una primera división hace referencia a la participación en las elecciones, sobre las que no hay dos sino tres posiciones. Un grupo rechaza las elecciones, arguyendo que participar no sólo es políticamente ineficaz sino que refuerza la legitimación del sistema. Además, los que creen que es crucial participar en el proceso electoral se dividen en dos grupos: por un lado, los que se proclaman pragmáticos y trabajan dentro de los partidos potencialmente mayoritarios, y por otro, los que dicen que no hay diferencias entre los grandes partidos, y piden que se vote por algún partido “genuinamente” de izquierda. ”Todos estamos familiarizados con este debate, y hemos escuchado los argumentos una y otra vez los argumentos de unos y otros”, escribe Wallerstein, “y es claro, al menos para mí, que si no hay una unión entre estos grupos en cuanto a la táctica electoral, el mundo no tiene demasiadas posibilidades de salir adelante, ni a corto ni a largo plazo”.

    “Creo que hay una forma de reconciliación”, concluye Wallerstein, “haciendo una distinción entre tácticas a corto plazo y estrategia a largo plazo”. ”El hecho es que una gran parte del 99% está sufriendo mucho a corto plazo. Y esta es su principal preocupación. Están tratando de salir adelante y de ayudar a sus familias y amigos a salir adelante. Si pensamos en los gobiernos no como agentes potenciales de la transformación social sino como estructuras que con sus decisiones políticas inmediatas afectan al sufrimiento social a corto plazo, entonces las izquierdas están obligadas a hacer aquello que está a su alcance para minimizar este sufrimiento “.

    El segundo debate básico que consume la izquierda mundial es el existente entre lo que Wallertein llama el “desenvolupamentismo” y “lo que podríamos llamar la prioridad del cambio civilizacional”. Es, por ejemplo, el que opone en América Latina los gobiernos de izquierda y los movimientos de los pueblos indígenas, o en EEUU y Europa los Verdes y los sindicatos y los gobiernos de izquierda. Estos últimos creen que sin crecimiento no habrá manera de rectificar los desequilibrios sociales y económicos del presente, mientras que los proponentes de la opción del decrecimiento dicen que la prioridad al crecimiento económico perpetúa los peores rasgos del sistema capitalista y causa daños ecológicos y sociales irreparables.

    Según Wallerstein, la única manera de resolver esta división es mediante compromisos. Para hacerlos posibles, dice, “cada grupo debe aceptar la buena fe y las credenciales de izquierda del otro”, y añade: “no será fácil”. Pero si no se consigue, concluye Wallerstein, “no creo que la izquierda pueda ganar la batalla de los próximos veinte o cuarenta años sobre qué tipo de sistema tiene que suceder un sistema capitalista que se colapsa”.

    Publicado en El Triangle, 24 de febrero de 2012

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