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    Pensar el futuro

    Publicado por Raimon Obiols | 31 Enero, 2011


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    Keynes decía que “el inevitable no sucede nunca, lo inesperado siempre”. Lo que está pasando estos días en Túnez y en Egipto quizás era inevitable, pero ha resultado inesperado para todos, incluidos los expertos. Del mismo modo que generaciones de “kremlinòlogos” fueron incapaces de vaticinar la implosión de la Unión soviética y los países de su órbita de dominación, también ahora ha habido una sorpresa considerable – es lo mínimo que se puede decir – en los gobiernos y en los cenáculos de los entendidos y especialistas.

    Esto no debería llevar al escepticismo sino a la modestia. Y también a un cierto optimismo: la historia no ha llegado a su fin y la voluntad de los pueblos se hace sentir, mucho más allá de la errónea profecía que auguraba un futuro inevitablemente dominado por la ideología y la realidad del mercado y de la individualismo triunfantes. Pero ni la historia es el advenimiento de lo inevitable, el resultado ineluctable de unas pretendidas “leyes” que fijaban un futuro preestablecido y necesario, ni es simplemente una gran incógnita que tenga que llevar los pueblos a un fatalismo resignado. Si no podemos prever el futuro, al menos podemos reducir las incertidumbres y podemos orientarlo hacia unos objetivos de interés colectivo, hacia unos proyectos positivos y realizables de progreso. Con objetivos bien pensados, con procesos bien ejecutados.

    Esta es la función que debe tener la política progresista. Cuando la izquierda no juega su papel, cuando su capacidad de agregar y mover voluntades e intereses mayoritarios hacia unos objetivos de progreso no se despliega con eficacia y coherencia, cuando partidos llamados progresistas renuncian a pensar el futuro y aparecen como consejos de administración que piensan únicamente en sus propios intereses, entonces se abre la puerta a dos fenómenos negativos y correlativos: la gente tiende a pensar el futuro en función de expectativas simplemente individuales, renunciando a toda esperanza de progreso colectivo, o tiende a dejarse seducir, en un contexto de inseguridad e incertidumbres, por la simplificación extrema de las ofertas populistas, basadas en la identitarismo nacionalista o religioso.

    La “crisis de la política” tiene mucho que ver con eso. La gente, en Europa, tiende a ver la política como una forma de reparto de poder entre grupos de profesionales. Y no le faltan motivos. Hay que recuperar el sentido de la política democrática como el instrumento decisivo para hacer prevalecer democráticamente el interés colectivo. Esto implica negarse a la privatización del futuro ya la privatización de la política.

    En este sentido, el mundo de la izquierda, en Europa, está llegando a un punto de crisis básica. O sus partidos retoman la ambición de proyectar colectivamente el futuro, o su declive será ineluctable. Pueden tomar fuerza del pasado (y deben hacerlo, en cuanto a sus valores), pero esta fuerza no es en absoluto suficiente y tiende a disminuir. La navegación de cabotaje, la precaria gestión del presente, la adaptación mimética al neoliberalismo en crisis, ya no son posibles. La única manera de mantener las conquistas de un siglo y medio de luchas progresistas, es replantearse radicalmente nuevos inicios que piensen y proyecten el futuro, reduciendo los riesgos, disminuyendo las incertidumbres, abriéndose sus mejores posibilidades , haciéndolas realidad.

    Categorias: Mundo, Política europea, Socialismo | Sin Comentarios »

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