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Ernest Lluch, la juventud del mundo
Publicado por Raimon Obiols | 21 Noviembre, 2010

A finales del 79 fui unos días a Milán con Ernest Lluch, y visitamos Riccardo Lombardi, mítico resistente antifascista y dirigente del ala izquierda del partido socialista. Nos recibió en la Universidad, tras un debate en un aula llena de estudiantes; estaba a punto de cumplir ochenta años y fumaba, a media mañana, un largo toscano. La cosa impresionaba sabiendo que, detenido por la milicia fascista cuando repartía octavillas a la salida de una fábrica, tenía un pulmón inutilizado por las palizas de los squadristi de Mussolini.
Recuerdo el cumplimiento que le hizo Ernest que, como yo, nunca había conseguido fumarse más que un prudente mezzo toscano, y la respuesta que dio Lombardi: “la política rejuvenece”.
Tenía, en efecto (lo comentamos con Ernest), exactamente el mismo aspecto que encontrábamos en nuestro país en hombres y mujeres mayores que nosotros, activos en la república y la guerra civil, el exilio o la clandestinidad antifranquista. A menudo tenían detrás una historia de penalidades, pero mantenían una radical y alegre vitalidad, perseverando en la desazón de la acción con los demás y los demás, haciendo y rehaciendo, como modestos Sísifo, entre esperanzas y desilusiones, el incierto combate para salir del tiempo de la oscuridad, la ignorancia y el odio.
Habían convertido la vieja máxima burguesa de “la caridad bien entendida empieza por uno mismo” en la idea inversa: el egoísmo bien entendido empieza por la generosidad de abrirse a los demás y de trabajar por los demás. Esto les hacía jóvenes. “No es sólo la política”, recuerdo que comentamos con Ernest después de la conversación con Lombardi, “son las pasiones de la vida activa, la inquietud de conocer y de actuar, de avanzar …”.
Hace pocos días leí un artículo de Manuel Cruz (“Amar la duda”, El País 26/10/10), que me hizo pensar en el día que conocí a Ernest y en nuestra primera conversación. Entonces éramos estudiantes, él en Económicas, yo en Ciencias. Habíamos intervenido en un centro cultural en Gràcia, creo que hablando del Penedés y fuimos a tomar una cerveza en el bar de la plaza de Gala Placidía donde a menudo recalaba Pere Quart con su perro.
Lluch se quejaba irónicamente de algunos de los condiscípulos que “estaban de vuelta de todo sin que se sepa de donde vuelven”, del mismo modo que Cruz, profesor de Filosofía, habla en su artículo de la “tenaz resistencia a dejarse deleitar” que descubre en muchos de sus coetáneos.
Diez años después de su muerte, y supongo que eso les debe pasar a muchos de los que lo conocieron, a Ernest lo veo radicalmente joven y nuevo, justo lo contrario de lo que me pasa cuando evoco los que ordenaron y ejecutaron su muerte, infinitamente más antiguos.
“El odio es más viejo que el amor”, decía Freud, señalando la evidencia de una historia humana hecha de horrores y estupideces, y la compleja, contradictoria y a menudo impotente lucha de los hombres para superarlos. Los malos vienen de la ânerie humana, decía Montaigne. Ânerie: como traducirlo? No lo sé, pero viene de asno. Ahora: es esta la condición inmutable de la vida de los hombres, nuestro destino permanente y fatal? Yo veo en Lluch y en su muerte el símbolo de una negativa radical a este fatalismo. Voraz de lecturas, conversaciones, discusiones, datos, chistes, cotilleos, conocimientos y amistades, Ernest Lluch era esencialmente joven y moderno, incitador de futuro, con su voz y su mirada siempre irónicas, irradiando el optimismo sabio de la inteligencia.
En este sentido, la muerte de Ernest Lluch no fue absurda; tuvo un significado, aunque terrible, que nos habla del mal y de la estupidez. No me refiero principalmente al conflicto vasco, y español, que estuvo en el origen de su asesinato: aquí valen las palabras de Azaña en su discurso de 1937 en Barcelona, evocando la “lección de los muertos”, que “nos dicen que no tienen odio y nos dirigen el mensaje de paz, piedad, perdón “.
Me refiero al conflicto más esencial de nuestra historia humana: entre la ignorancia, el odio, el desprecio y la violencia desinhibida por las causas e identidades “sagradas” y, delante, la lucha contra corriente a favor de la autonomía humana, la democracia, el trabajo y el conocimiento, la superación progresiva de nuestra ânerie, la salida de los tiempos oscuros, la juventud del mundo.
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